/ miércoles 3 de noviembre de 2021

Nuestro trato con la muerte

Una de las tradiciones más esperadas por las y los mexicanos es la celebración del Día de Muertos, en la cual rendimos homenaje a las personas que no se encuentran con nosotros, que cumplieron su ciclo en la vida terrenal, pero que nos marcan en todo lo que hacemos, decimos y decidimos.

De hecho, esta hermosa tradición ha sido reconocida a nivel internacional, al grado de considerar al pueblo mexicano como una nación que sabe lidiar con las dificultades de la muerte y logra preservar el recuerdo de forma tangible, con ofrendas físicas y espirituales que demuestran cuán amorosos y cercanos a la familia somos. Ello ha llevado a reproducir esta conmemoración a lo largo y ancho del planeta con ofrendas parecidas a las nuestras y con la emblemática catrina en las caracterizaciones y disfraces durante los últimos días de noviembre y primeros de diciembre.

Lamentablemente, en este último año hemos visto partir a mucha gente por causa de una enfermedad que se ha tornado mortal como el COVID 19. Esta terrible pandemia que hemos vivido en el planeta nos demuestra la fragilidad de la vida y la importancia de celebrar día a día la vida con nuestras acciones y actitudes sin olvidar que es obligación de todas y todos cuidarnos para evitar más tragedias.

De igual manera, en un acto de empatía y respeto, estas fechas sirven para recordar a todas las personas que han perdido la vida por los altos índices delictivos que no hemos podido controlar generando miles de desaparecidos que mantienen a sus familias con la zozobra de volverlos a ver vivos o, en caso de una auténtica tragedia, tengan por lo menos la oportunidad de brindarles un último adiós y tener conocimiento pleno de que no se encuentran con nosotros.

Es ahí donde el mexicano no tiene comparación a ninguna cultura en el mundo, ya que la tranquilidad de los que nos quedamos están en saber que otorgamos sepultura a nuestros seres queridos para acompañarlos en un viaje sin retorno con una mezcla entre tristeza y alegría. Aquella por el hecho de no tener más a esas personas, de no poder abrazarlas, charlar con ellas, compartir una vida y ésta, la alegría, por saber que vivieron en plenitud y que nosotros formamos parte de esa historia.

La tradición del día de muertos no es otra cosa que la extensión de la calidad humana que caracteriza al mexicano. Es una apertura de puertas para recibir con todo el amor y alegría a quienes físicamente no están pero que deseamos que nos hagan el honor de presentarse en alma y espíritu por lo menos una noche en el que les tenemos a la mano todo lo posible que les daba alegría en sus días de compartir con nosotros.

Como buenos anfitriones, les esperamos con lo básico y un poco más, en el entendido que nadie muere si nunca es olvidado, ya que las obras en vida forman, alimentan y redirigen caminos de padres, hijos, hermanos y amigos que, lo mínimo que pueden hacer, es esperarlos cada 1 o 2 de noviembre con sus viandas, objetos y compañías preferidas.

El pueblo de México no sólo convive con la muerte, sino que la respeta, la honra, la enfrenta con toda valentía y le rinde pleitesía por su poder y, al mismo tiempo, con su inmanencia de saber que un día llegaremos a ello sin remedio alguno, pero con el deseo de volver para abrazar a nuestros seres queridos. Las y los mexicanos sabemos amar ya sea en vida o en muerte.

Una de las tradiciones más esperadas por las y los mexicanos es la celebración del Día de Muertos, en la cual rendimos homenaje a las personas que no se encuentran con nosotros, que cumplieron su ciclo en la vida terrenal, pero que nos marcan en todo lo que hacemos, decimos y decidimos.

De hecho, esta hermosa tradición ha sido reconocida a nivel internacional, al grado de considerar al pueblo mexicano como una nación que sabe lidiar con las dificultades de la muerte y logra preservar el recuerdo de forma tangible, con ofrendas físicas y espirituales que demuestran cuán amorosos y cercanos a la familia somos. Ello ha llevado a reproducir esta conmemoración a lo largo y ancho del planeta con ofrendas parecidas a las nuestras y con la emblemática catrina en las caracterizaciones y disfraces durante los últimos días de noviembre y primeros de diciembre.

Lamentablemente, en este último año hemos visto partir a mucha gente por causa de una enfermedad que se ha tornado mortal como el COVID 19. Esta terrible pandemia que hemos vivido en el planeta nos demuestra la fragilidad de la vida y la importancia de celebrar día a día la vida con nuestras acciones y actitudes sin olvidar que es obligación de todas y todos cuidarnos para evitar más tragedias.

De igual manera, en un acto de empatía y respeto, estas fechas sirven para recordar a todas las personas que han perdido la vida por los altos índices delictivos que no hemos podido controlar generando miles de desaparecidos que mantienen a sus familias con la zozobra de volverlos a ver vivos o, en caso de una auténtica tragedia, tengan por lo menos la oportunidad de brindarles un último adiós y tener conocimiento pleno de que no se encuentran con nosotros.

Es ahí donde el mexicano no tiene comparación a ninguna cultura en el mundo, ya que la tranquilidad de los que nos quedamos están en saber que otorgamos sepultura a nuestros seres queridos para acompañarlos en un viaje sin retorno con una mezcla entre tristeza y alegría. Aquella por el hecho de no tener más a esas personas, de no poder abrazarlas, charlar con ellas, compartir una vida y ésta, la alegría, por saber que vivieron en plenitud y que nosotros formamos parte de esa historia.

La tradición del día de muertos no es otra cosa que la extensión de la calidad humana que caracteriza al mexicano. Es una apertura de puertas para recibir con todo el amor y alegría a quienes físicamente no están pero que deseamos que nos hagan el honor de presentarse en alma y espíritu por lo menos una noche en el que les tenemos a la mano todo lo posible que les daba alegría en sus días de compartir con nosotros.

Como buenos anfitriones, les esperamos con lo básico y un poco más, en el entendido que nadie muere si nunca es olvidado, ya que las obras en vida forman, alimentan y redirigen caminos de padres, hijos, hermanos y amigos que, lo mínimo que pueden hacer, es esperarlos cada 1 o 2 de noviembre con sus viandas, objetos y compañías preferidas.

El pueblo de México no sólo convive con la muerte, sino que la respeta, la honra, la enfrenta con toda valentía y le rinde pleitesía por su poder y, al mismo tiempo, con su inmanencia de saber que un día llegaremos a ello sin remedio alguno, pero con el deseo de volver para abrazar a nuestros seres queridos. Las y los mexicanos sabemos amar ya sea en vida o en muerte.

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