/ miércoles 19 de febrero de 2020

Atendamos el origen

Qué tan grave debe ser el feminicidio que en este espacio de opinión se ha vuelto recurrente revisarlo, analizarlo y prácticamente llevar una estadística de todas las mujeres que han sido asesinadas en el país no en el último año, sino en las últimas semanas, lo cual deja en evidencia que es un tema que, bajo ninguna circunstancia, debemos dejar de ponerlo en el centro del debate.

Esta vez es el caso de Fátima en que nos pone nuevamente ante la terrible circunstancia de desapegarnos de caso por caso para poder ver este como un problema generalizado que, lejos de disminuir, se ha agudizado de manera dramática al grado de generar un miedo en la población para salir a cualquier hora del día.

Lo de Fátima, una niña de apenas 7 años que lo que más tenía era inocencia y confianza en la gente que le rodea; sí, de esa confianza que Rosseau algún día tocó en el contrato social, como ese elemento integrador de todos los individuos que componemos la sociedad con la finalidad de lograr el bien común. Justo por esa razón es que resulta incomprensible desde el fenómeno sociológico el por qué cualquier persona sería capaz de tan atroz crimen.

Desde luego, debemos resaltar que México se encuentra entre los 25 países con mayor tasa de feminicidios, países que, en su mayoría se ubican en América Latina y otros cuantos a países escandinavos. Un crimen que, apenas hace pocos años fue reconocido siquiera por la Real Academia de la Lengua Española como un término dada su reiteración en el habla; crimen que a pesar de contar con una denominación reciente, estalló como nunca para arrojar estadísticas nada alentadoras y, por el contrario alarmantes.

Sin duda que mucho tienen que hacer las autoridades ministeriales y judiciales, sin embargo, habremos de revisar la actuación de todas las cadenas de acción en el que se involucren mujeres, niñas o adolescentes. Protocolos de revisión, cuidado, atención, consideración, prevención, son fundamentales para acabar un problema de raíz que no ha disminuido ni con penas más graves ni con la publicación de la estadística creciente.

A pesar de ello, lo que debemos hacer es reflexionar al interior de la sociedad, porque independientemente de la responsabilidad que se le quiere atribuir a la autoridad en función de sus facultades y obligaciones, estamos ante un caso de grave descomposición social; descomposición que ni los teóricos más pesimistas o que los creadores de documentos tan importantes que reflejan la cohesión social como la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, podrían predecir.

Hoy nos enfrentamos a una actitud fría, nada empática y con la mera intención de causar el daño, pero no será hasta que enfrentemos esas causas y los costos de no atenderla, que logremos revertir crímenes tan bajos como el de Fátima y millones de mujeres violentadas cada día en el mundo. Todas nos debemos de cuidar con la esperanza de que, algún día, no sea necesario porque los agresores ya fueron castigados o su mente viró a entender que la defensa, el cuidado y la atención se basa en la deferencia al prójimo sin importar quien sea este.

La lucha contra el feminicidio no es solo de las autoridades, sino de todas y todos los que conformamos la sociedad. Todos tenemos la responsabilidad de prevenir desde el primer instante que se normalice la violencia, porque solo así seremos capaces de no pedir remedios sino evitar catástrofes.

Qué tan grave debe ser el feminicidio que en este espacio de opinión se ha vuelto recurrente revisarlo, analizarlo y prácticamente llevar una estadística de todas las mujeres que han sido asesinadas en el país no en el último año, sino en las últimas semanas, lo cual deja en evidencia que es un tema que, bajo ninguna circunstancia, debemos dejar de ponerlo en el centro del debate.

Esta vez es el caso de Fátima en que nos pone nuevamente ante la terrible circunstancia de desapegarnos de caso por caso para poder ver este como un problema generalizado que, lejos de disminuir, se ha agudizado de manera dramática al grado de generar un miedo en la población para salir a cualquier hora del día.

Lo de Fátima, una niña de apenas 7 años que lo que más tenía era inocencia y confianza en la gente que le rodea; sí, de esa confianza que Rosseau algún día tocó en el contrato social, como ese elemento integrador de todos los individuos que componemos la sociedad con la finalidad de lograr el bien común. Justo por esa razón es que resulta incomprensible desde el fenómeno sociológico el por qué cualquier persona sería capaz de tan atroz crimen.

Desde luego, debemos resaltar que México se encuentra entre los 25 países con mayor tasa de feminicidios, países que, en su mayoría se ubican en América Latina y otros cuantos a países escandinavos. Un crimen que, apenas hace pocos años fue reconocido siquiera por la Real Academia de la Lengua Española como un término dada su reiteración en el habla; crimen que a pesar de contar con una denominación reciente, estalló como nunca para arrojar estadísticas nada alentadoras y, por el contrario alarmantes.

Sin duda que mucho tienen que hacer las autoridades ministeriales y judiciales, sin embargo, habremos de revisar la actuación de todas las cadenas de acción en el que se involucren mujeres, niñas o adolescentes. Protocolos de revisión, cuidado, atención, consideración, prevención, son fundamentales para acabar un problema de raíz que no ha disminuido ni con penas más graves ni con la publicación de la estadística creciente.

A pesar de ello, lo que debemos hacer es reflexionar al interior de la sociedad, porque independientemente de la responsabilidad que se le quiere atribuir a la autoridad en función de sus facultades y obligaciones, estamos ante un caso de grave descomposición social; descomposición que ni los teóricos más pesimistas o que los creadores de documentos tan importantes que reflejan la cohesión social como la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, podrían predecir.

Hoy nos enfrentamos a una actitud fría, nada empática y con la mera intención de causar el daño, pero no será hasta que enfrentemos esas causas y los costos de no atenderla, que logremos revertir crímenes tan bajos como el de Fátima y millones de mujeres violentadas cada día en el mundo. Todas nos debemos de cuidar con la esperanza de que, algún día, no sea necesario porque los agresores ya fueron castigados o su mente viró a entender que la defensa, el cuidado y la atención se basa en la deferencia al prójimo sin importar quien sea este.

La lucha contra el feminicidio no es solo de las autoridades, sino de todas y todos los que conformamos la sociedad. Todos tenemos la responsabilidad de prevenir desde el primer instante que se normalice la violencia, porque solo así seremos capaces de no pedir remedios sino evitar catástrofes.

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