/ jueves 8 de octubre de 2020

El legado y la dimensión de Mario Molina

ACERVO


La tarde de ayer se dio a conocer la desafortunada noticia del fallecimiento de Don José Mario Molina Pasquel y Henríquez, notable mexicano que hizo de su profesión como químico un legado que ha quedado ya para la posteridad de la ciencia.

El Dr. Mario Molina fue objeto del Premio Nobel de Química durante el año de 1995 gracias a su pulcro trabajo de demostración en torno al adelgazamiento de la capa de ozono y al arduo quehacer de concientización en torno que se debía prevenir la radiación ultravioleta de forma directa para la sociedad humana, que de forma acelerada era vulnerada por fenómenos relacionados fundamentalmente con el cambio climático.

Mario Molina fue un hombre que en sí mismo representó para la ciencia en México: el conocimiento técnico, la academia, el activismo y el compromiso con su país. Fue desde joven, un estudiante con altísima proyección dentro de su alma mater: la Universidad Nacional Autónoma de México. Posteriormente un investigador y estudioso de altoprestigio que colaboró para la instrumentación del “Protocolo de Montreal”, que se constituyó como el acuerdo ambiental entre naciones más robusto en el orbe para proteger a la capa de ozono.

En paralelo, se le conocieron sus habilidades como concertador político, proyección que lo llevó a ser invitado por los presidentes estadounidenses demócratas Bill Clinton y Barack Obama a integrarse dentro de su cuerpo de asesores en la materia a lo largo de sus mandatos.

Su vocación como académico en países como Alemania y fundamentalmente en Estados Unidos, lo llevó a ser pilar de dos instituciones de gran calado como los son el Massachusetts Institute of Technology (MIT) en Cambridgey en la Universidad de California en Berkerley, sin dejar de lado por supuesto, la gratitud y el compromiso que tuvo a lo largo de su ejercicio como docente para su querida UNAM, en el que públicamente apoyó a generaciones enteras de jóvenes científicos en sus trabajos de investigación, teniendo como pilar: La importancia de la ciencia para un país como México.

En la coyuntura experimentada en el parlamento mexicano a lo largo de esta semana, concretamente en la Cámara de Diputados en torno a la eliminación de 109 fideicomisos federales, muchos de ellos abocados a garantizar los montos fideicomidos para la ciencia, es que cobra aún mayor relevancia la convocatoria al diálogo constructivo que siempre caracterizó al Dr. Molina y así resolver cualquier discrepancia en visiones institucionales mediante la coordinación entre el Estado con entes particulares. Lástima de la pérdida de este nivel de operadores nacionales.

Recién en abril pasado, durante el pico más alto de la pandemia sanitaria por el COVID-19, Don Mario dio cátedra pública a la sociedad mexicana y a ciertos personajes de la administración pública federal en materia de salud sobre la utilidad que representaba para mitigar riesgos de infección: el uso activo y permanente de los cubrebocas, así como el famoso “Quédate en casa” y la “Sana Distancia”. Fue un auténtico promotor del cuidado de la salud de la población de su país y acotó siempre la importancia que la química tenía en el análisis, combate y control del Coronavirus. Lamentablemente ha dejado ya este plano terrenal pero la estirpe del Dr. Mario Molina se queda en la historia de México y naturalmente del mundo, gracias a ese alto honor que representó hacerse de un Premio Nobel. Descanse en paz tan honorable mexicano, más como él.

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La tarde de ayer se dio a conocer la desafortunada noticia del fallecimiento de Don José Mario Molina Pasquel y Henríquez, notable mexicano que hizo de su profesión como químico un legado que ha quedado ya para la posteridad de la ciencia.

El Dr. Mario Molina fue objeto del Premio Nobel de Química durante el año de 1995 gracias a su pulcro trabajo de demostración en torno al adelgazamiento de la capa de ozono y al arduo quehacer de concientización en torno que se debía prevenir la radiación ultravioleta de forma directa para la sociedad humana, que de forma acelerada era vulnerada por fenómenos relacionados fundamentalmente con el cambio climático.

Mario Molina fue un hombre que en sí mismo representó para la ciencia en México: el conocimiento técnico, la academia, el activismo y el compromiso con su país. Fue desde joven, un estudiante con altísima proyección dentro de su alma mater: la Universidad Nacional Autónoma de México. Posteriormente un investigador y estudioso de altoprestigio que colaboró para la instrumentación del “Protocolo de Montreal”, que se constituyó como el acuerdo ambiental entre naciones más robusto en el orbe para proteger a la capa de ozono.

En paralelo, se le conocieron sus habilidades como concertador político, proyección que lo llevó a ser invitado por los presidentes estadounidenses demócratas Bill Clinton y Barack Obama a integrarse dentro de su cuerpo de asesores en la materia a lo largo de sus mandatos.

Su vocación como académico en países como Alemania y fundamentalmente en Estados Unidos, lo llevó a ser pilar de dos instituciones de gran calado como los son el Massachusetts Institute of Technology (MIT) en Cambridgey en la Universidad de California en Berkerley, sin dejar de lado por supuesto, la gratitud y el compromiso que tuvo a lo largo de su ejercicio como docente para su querida UNAM, en el que públicamente apoyó a generaciones enteras de jóvenes científicos en sus trabajos de investigación, teniendo como pilar: La importancia de la ciencia para un país como México.

En la coyuntura experimentada en el parlamento mexicano a lo largo de esta semana, concretamente en la Cámara de Diputados en torno a la eliminación de 109 fideicomisos federales, muchos de ellos abocados a garantizar los montos fideicomidos para la ciencia, es que cobra aún mayor relevancia la convocatoria al diálogo constructivo que siempre caracterizó al Dr. Molina y así resolver cualquier discrepancia en visiones institucionales mediante la coordinación entre el Estado con entes particulares. Lástima de la pérdida de este nivel de operadores nacionales.

Recién en abril pasado, durante el pico más alto de la pandemia sanitaria por el COVID-19, Don Mario dio cátedra pública a la sociedad mexicana y a ciertos personajes de la administración pública federal en materia de salud sobre la utilidad que representaba para mitigar riesgos de infección: el uso activo y permanente de los cubrebocas, así como el famoso “Quédate en casa” y la “Sana Distancia”. Fue un auténtico promotor del cuidado de la salud de la población de su país y acotó siempre la importancia que la química tenía en el análisis, combate y control del Coronavirus. Lamentablemente ha dejado ya este plano terrenal pero la estirpe del Dr. Mario Molina se queda en la historia de México y naturalmente del mundo, gracias a ese alto honor que representó hacerse de un Premio Nobel. Descanse en paz tan honorable mexicano, más como él.

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