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Arzobispo díaz martínez, 40 años de sacerdocio; “Ni el tiempo cura la corrupción”

  • Concepción Ocádiz
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Pachuca, Hidalgo.- Domingo Díaz Martínez cumplió 40 años de sacerdocio, el pasado 25 de junio, y sucedió un detalle curioso durante su festejo: mientras celebraba en una comunidad, ahí le dieron una ofrenda, una canasta llena de dulces que comparó con su vida, que ha sido “como un caramelo”.
“Dios me dio la vida para ser sacerdote; yo me dedico a ser obispo, nada más, y soy muy feliz”.
Este 2017 es muy importante para él, pues no solo celebró sus 40 años como padre, sino 15 años de Consagración Episcopal, el pasado uno de mayo, y está próximo a celebrar nueve años en el Arzobispado de Tulancingo, sede la Provincia Eclesiástica en Hidalgo.
“Estoy muy contento; cada día estamos trabajando más organizados para tener una evangelización y catequesis, es decir, una pastoral integral”.
—¿Algún momento amargo?
Contesta que recuerda un momento difícil, cuando era rector del Seminario en Querétaro.
Un grupo de muchachos no actuaba bien y tuvo que ir atando cabos y ver qué sucedía. “Ddebía ver las causas y quiénes estaban haciendo mal obra en la vida del lugar; una vez que lo encontré, tuve que expulsar a 18 en un mismo día, momento difícil que superé”.
También comenta que una vez fue a dejar a un sacerdote a su nueva parroquia y ahí la gente le dijo que no lo recibirían, porque era religioso, no diocesano. Y don Domingo les preguntó: “¿Cuál es la diferencia?” Ellos respondieron: “No nos hacemos responsable de lo que le suceda”.
“Ante la advertencia, le dije al padre: «Vámonos, por lo pronto no te quedas»”.
Pasó el tiempo, narra, y descubrió quién era el que estaba impidiendo la llegada del sacerdote, por lo que le hizo ver a la gente la realidad de las cosas. Intervino el alcalde y aseveró: “«Déjenos al sacerdote. Nosotros lo cuidamos» y hasta cuestionó: «Quienes estén de nuestra parte, pónganse de este lado». Y fue casi todo el pueblo. A la fecha, todavía el padre está en esa parroquia y ha progresado mucho esa comunidad”.
Momento amargo, donde la gracia triunfa sobre lo difícil y la oposición, agrega el prelado.
—El tiempo lo cura todo, se dice, ¿pero qué no ha curado el tiempo en este país?
“En este país no se ha curado la corrupción, y esta sigue adelante”.
Eso es una tristeza, comenta, “no se ha curado tampoco la impunidad, que casi siempre ha existido y ahora ha crecido”.
Asaltos, robos, violencia, amenazas y saber que nadie defiende a la gente de todos estos males y que nos hacen pensar hasta dónde vamos a dar con esto, señala el entrevistado.
—¿Qué se tiene que hacer como sociedad y las instituciones o políticos?
“Unirnos más para hacer el bien y defendernos del mal, pero, además, prepararnos para debatir y enseñar; si es desde el Evangelio, mejor”.
—¿La Iglesia ha perdido poder, como dicen algunos?
“A veces quien lo dice le hace falta un baño de pueblo.
“He escuchado a varios estudiantes decir que algunos maestros hablan en contra de la Iglesia, hablan desde lo que escuchan o desde la teoría, pero quien vive con el pueblo se dará cuenta que no es así.
“Hay varios políticos que sí se rozan con el pueblo y saben que la Iglesia no ha perdido poder”. Continúa: “Cuando voy a alguna comunidad a dar misa, siempre veo que hay más gente de la que yo esperaba”.
—¿Quién es el enemigo de la Iglesia?
“Los que siembran la indiferencia a la Eucaristía, al Evangelio, a lo Sagrado; pero igualmente al dolor, a la pobreza, al hermano, al desvalido, a los niños, a la solidaridad, a las mujeres, y eso es lamentable”.
Entonces ellos, manifiesta, “deben reflexionar a la vida para que busquen las causas de sus virtudes, lo que es y lo que tienen”.
—¿Quién es Dios para usted, monseñor?
“Es quien me da vida, quien ha hecho alcanzar mis sueños. El que me escucha. Yo le pedía que me permitiera ser sacerdote.
“Él es mi padre; para mí, es todo. Él lo sabe, lo puede y lo tiene todo”.
A los nueve años supo que tenía que ser sacerdote, lo añoraba. Narra que le llegó el deseo de serlo, “como llega el hambre y la sed”.
Después de 40 años, dice estar viviendo como soñaba y hace lo que deseaba.
“Estoy viviendo donde quería, vistiendo como yo me veía, y hablando como yo escuchaba. Yo le pedí a Dios que me permitiera serlo”.
—¿Existe el demonio, don Domingo?
“Sí, claro, y hace lo suyo. Él quiere gente huérfana y gente pobre”.
Añade que los que no creen en Dios son huérfanos porque no tienen un Padre. Y los que no creen en Dios son pobres porque no tienen una casa dónde llegar.
Por otro lado, se sabe que ha habido casos de “posesión” en algunas partes del mundo. Aquí en la región no hay conocimiento de ello por parte de la Arquidiócesis. Sin embargo, hay gente preparada para ello. En caso de ameritarse, se da la autorización y manda a retiro antes de hacer el exorcismo junto con los que le acompañarán.
—Entonces ¿hay infierno?
“Sí”, contesta rápidamente.
“Es no ver nunca a Dios. Y no entrar nunca a la casa de Dios. Ese es el infierno, vivir siempre en la oscuridad. El infierno es oscuridad y estar solo”.
—¿Qué le dejan estos 40 años como sacerdote?
“Experiencias muy lindas y agradables, como un caramelo dulce”.
Eso es lo que tiene en su vivir, pero además de trabajar muy cerca de los seminaristas; de hecho, recuerda que durante 12 años ininterrumpidos laboró con los niños “en su amor por el sacerdocio, cultivando su vocación”.
“Es una satisfacción ahora verlos como sacerdotes y convivir con ellos, cuando los vi pequeños. No fui yo quien los llamó, sino Dios; yo solo fui un instrumento. Eso es una alegría para mí”.
—¿Hay algún miedo en la vida de monseñor?
“No. Ninguno. No descubro, ahorita de momento: miedos. No”.
—¿Ha recibido usted alguna amenaza?
“No, ninguna Solo algunos «Ya cállese». No quieren que hable y escriba”.
—¿Quiénes?
Lo han hecho de manera anónima, agrega, “no sé quiénes sean, pero me han dicho: «¡Cállese, la política no es su campo!»”
—Uno de los principales temas que tiene la Iglesia es cómo combatir el flagelo de la pederastia.
“No queremos ningún caso de sacerdotes que abusen de nadie, ni de niños ni de nadie”. Ellos deben llevar una vida digna.
“Tenemos que prever y estamos preparando a los seminaristas para cuidarnos unos a otros. Llevamos un programa de formación que nos ayuda a ser mejores..
“Gracias a Dios, aquí no hay casos de pederastia”, refiere el arzobispo.
UNA IGLESIA VIVA
Sin duda, grandes son los retos que tiene; habla en la intimidad de su hogar, la cita, como siempre, con EL SOL DE HIDALGO y EL SOL DE TULANCINGO, es a temprana hora, a las siete de la mañana. Pues a las ocho ya emprende sus muchas actividades.
En cada encuentro, un aprendizaje diferente de este hombre que se distingue por su humildad.
El jerarca de la Arquidiócesis de Tulancingo, don Domingo Díaz Martínez, habla sin prisas, siempre amable, justo en la Sala donde está la bandera del Vaticano y la de México, con retratos del santo padre Francisco. Antes, se le escucha cantar en los pasillos de la Casa Arzobispal.
La Iglesia está creciendo y está despertando. “Está más activa”, sonríe.
Monseñor sabe bien por qué está en el sitio que Dios quiso para él. Termina: “Para hacer una Iglesia más viva y caritativa, por ello vamos a seguir trabajando”.