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La necesidad de la ley

  • Juan Manuel Sepúlveda

Pachuca, Hidalgo.- En el inconmensurable universo de la naturaleza humana, existen a mi juicio entre muchas otras, dos cuestiones que representan y definen la condición humana.
La primera de ellas tiene que ver con nuestra absoluta incapacidad para enfrentar nuestra compleja problemática básica y existencial desde la individualidad. No es concebible, que el ser humano pueda acometer todas las enormes y complicadas tareas que su condición de ser pensante le impone, desde el ámbito tan limitado que el individuo aislado tiene.
En segundo término, la enorme ambivalencia que el ejercicio de la inteligencia le imprime al ser humano, convirtiéndolo en una criatura que es capaz de adoptar actitudes y realizar tareas en muchos casos diametralmente contradictorias.
Como seres humanos, damos testimonio de nuestra grandeza no solamente a través de las artes, sino de la lucha cotidiana de millones de seres por alcanzar los valores sociales fundamentales. Todos los días en alguna parte de este planeta hay gente que lucha por la libertad, por la dignidad, por la democracia, por la tolerancia y por la igualdad y en general por sus ideales e incluso son capaces de entregar la vida en favor de los demás.
Como seres humanos, hurgamos en todos los confines del planeta en que vivimos y escudriñamos los infinitos confines del universo tratando de saber cada día con más exactitud quiénes somos y de dónde venimos y además acometemos la incansable tarea de investigar al interior de nuestro cuerpo para descubrir nuevas formas de mitigar el dolor y preservar la vida.
Sin embargo, con esa misma condición de seres humanos, de manera cotidiana, damos testimonio del lado oscuro de la mente humana, a través del odio, de la intolerancia y de la violencia, de ello habla de manera elocuente la violencia en contra de las mujeres, los abusos en contra de los menores, la criminalidad que nos ahoga y la corrupción generalizada.
Y es esa complejidad humana, la que nos obliga a la vida en sociedad, a conjuntarnos y agruparnos para ordenar la convivencia humana que nos permita no solamente satisfacer nuestras necesidades básicas, sino alcanzar los valores sociales superiores.
Es evidente que el único instrumento eficiente para conseguir este fin es, sin duda alguna, la ley. Pero la ley entendida no solamente como la norma escrita en un viejo libro guardado en un polvoso estante, sino la ley entendida como la norma que realmente impulsa y conduce la vida en sociedad, a través del establecimiento de un verdadero estado de derecho.
Estado de derecho que se caracteriza por una legislación completa, entendida como tal aquella que abarca casi todos los temas que son fundamentales para la vida en sociedad, pero además por una cultura de la legalidad que implica una actitud colectiva que tiene que ver con la convicción, que se vuelve compromiso, de todos los individuos que integran esa colectividad, de conducir sus actos con sujeción a esa legislación, someterse a las normas jurídicas con la convicción de que la mejor forma de procurar el bienestar individual, es contribuir al bienestar de la sociedad en la que vivo.
Pero para construir esta cultura de la legalidad, tenemos que asumir una tarea que reviste un alto grado de dificultad y que tiene como sustento fundamental la educación; pero entendiendo esta en su sentido más amplio, que incluye no solamente a la que imparten las instituciones educativas formales, sino también la educación que los padres imparten en sus casas y la educación que como gobierno y sociedad se ejemplifica en nuestras calles.
El respeto a la ley y la convicción del valor de su cumplimiento, no es una tarea que puedan acometer exitosamente solo los maestros dentro de las escuelas. En la casa como familia, mucho podemos y debemos coadyuvar en esta tarea, fundamentalmente con el ejemplo cotidiano y contrarrestando el impacto de los medios de comunicación masivos y en la calle exigiendo a nuestras autoridades que no destruyan cotidianamente con la impunidad, el abuso y la corrupción en la conciencia cívica de nuestros hijos.
Esto desde luego no es una tarea menor. Sin embargo, como seres humanos integrantes de una sociedad, tenemos que asumir nuestra responsabilidad para acometer las tareas cotidianas y de largo plazo, que son las únicas acciones con las que verdaderamente podremos resolver los graves problemas que como sociedad nos asolan.

JUAN MANUEL SEPÚLVEDA FAYAD
Pachuca Hidalgo, 12 de octubre de 2017