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Elecciones y corrupción

  • Juan Manuel Sepúlveda

Pachuca, Hidalgo.- A pesar o como consecuencia de que en época electoral los ciudadanos somos materialmente arrollados por una avalancha de información sobre partidos políticos y candidatos, no tengo la menor duda de que el ciudadano común no ha tenido el tiempo ni el espacio para analizar de manera detenida las múltiples formas en la que estos procesos influyen favorable o desfavorablemente aspectos básicos de nuestra vida personal y colectiva.
Prueba de ello, es el escaso o incluso nulo interés que el ciudadano común tiene por estos eventos. Para demasiados mexicanos los asuntos públicos, la actividad política y los gobiernos de todos los niveles, son una especie de mal necesario contra el que no hay remedio, y en ese contexto las elecciones carecen de sentido y utilidad; bástenos citar a manera de ejemplo tres de los más comunes pretextos para no participar en las elecciones: “todos los candidatos son iguales”, “se van a robar mi voto” y “ya sabemos quién va a ganar”.
Imposible negar que estas tres afirmaciones en parte corresponden con nuestra realidad. Sin embargo, si las analizamos de manera detenida vamos a encontrar que en la mayoría de los casos, en esa lamentable realidad los ciudadanos lejos de ser víctimas somos cómplices.
Me pregunto si los miles de ciudadanos que son convocados para participar como funcionarios de casilla y que desdeñan la posibilidad real de ser garantes de la legalidad y transparencia de la elección, los millones de ciudadanos con derecho de sufragar que prefieran ocupar el tiempo de la jornada electoral para descansar o realizar cualquier actividad banal en lugar de ir a votar, no están contribuyendo de manera importante a que se haga realidad el “se van a robar mi voto” y el “ya sabemos quién va a ganar”?.
Sin exonerar de responsabilidad alguna a los gobiernos, partidos políticos y autoridades electorales, es indudable que este comportamiento electoral mezquino, indolente y permisivo del ciudadano común, ha contribuido de manera importante a la monstruosa deformación, no solamente de los procesos electorales sino además de la vida pública del país.
Como botón de muestra, bástenos analizar la evidente relación existente entre la deformación de los procesos electorales y el crecimiento desbordado de la corrupción y la impunidad, que es sin duda el mayor flagelo del México actual.
Los procesos electorales actuales, abandonan el ámbito político para desarrollarse en un esquema que se corresponde en mucho mayor medida con lo mercantil, donde los actores se desempeñan como mercaderes a los que no anima el bien común, sino el ánimo de lucro y las leyes, los votos, los cargos y obras públicas son simples mercancías.
Pero lo más grave de esta deformación electoral es que para su funcionamiento requiere necesariamente de enormes cantidades de dinero de procedencia ilícita, pactos de impunidad, deformación de las estructuras gubernamentales, debilitamiento de las instituciones y promulgación de leyes amañadas.
De ese tamaño es el reto y el compromiso que los mexicanos tenemos en materia electoral y nuestra primera prueba la tenemos el 1 de julio del 2018.

Pachuca Hidalgo a 12 de enero de 2018
Juan Manuel Sepúlveda Fayad