/ miércoles 24 de julio de 2019

¡Ya basta de mentiras económicas!

Cuando comenzaron las campañas políticas en nuestro país hace ya casi un año y medio, varias voces se unieron para señalar el peligro que representaba optar por una opción populista, sin visión de futuro y con la bandera de la desacreditación de las instituciones. En esa misma línea discursiva se recalcó la gran lesión que significaría para la economía mexicana.

La respuesta en cierto fue evasiva y en otro fue agresiva. Se adujo que con esa propuesta no se caería en una crisis económica y que esos señalamientos eran producto de ataques políticos infundados. La realidad es que todos los actores políticos, sociales y económicos, de verdad queríamos creer que se trataba de una exageración, sin embargo, dese entonces había certeza clara de lo que se decía.

A poco más de seis meses de administración se ha logrado lo increíble: pérdida de empleos, fuga de empresas ante la incertidumbre de invertir en un país que no otorga garantías y aumento en las tasas de interés, así como en la inflación. Una recesión se manifiesta con una caída general de la economía, es decir, en todos sus rubros, tomando como referencia de medición los dos últimos trimestres contabilizados.

Hoy, dadas las circunstancias, México se encuentra de frente e a una recesión que no será nada fácil de sortear con las circunstancias alrededor de ella. Por un lado, nos encontramos con toma de decisiones apresuradas, infundadas, carentes de inteligencia y con un desdén absoluto por la economía del país, pensando en medidas que mantengan la popularidad por encima de la tranquilidad financiera de cada una de las y los mexicanos.

Esto, desde luego, deja de ser un ataque político sin sentido tomando en consideración el número de renuncias dentro del primer círculo del Gabinete Presidencial, siendo la más grave la del secretario de Hacienda y Crédito Público, no solo por la relevancia que tiene este cargo para la vida económica de un país, sino por la forma en que ocurrió, a través de señalamientos de amiguismo, corrupción y decisiones absurdas. Por otro lado, no es viable recurrir a la circunstancia de una recesión provocada a nivel mundial o incluso, tomando como referencia a Estados Unidos de América.

Y es que, de acuerdo con economistas connotados a nivel mundial que dieron su opinión a The Wall Street Journal, es la primera vez en 25 años en que México cae en una recesión económica, mientras nuestro país vecino crece a buen ritmo.

No cabe duda, el foso económico en el que estamos metidos, y en el que podíamos caer aún más de forma por demás gravosa, es consecuencia de las malas decisiones de un gobierno que no tiene rumbo, que evita sus responsabilidades y que se encuentra hinchado de soberbia y populismo; sí, ese populismo que se señaló hace muchos años y que se asumió como una falacia política.

Ya no sirven los discursos de odio; ya no valen las acusaciones ligeras; ya no es escudo la división entre pobres y ricos. Hoy, estamos a punto de generar más pobres y de lastimar a un país que entregó su esperanza a una mentira económica. Esta es, quizá, la última llamada para actuar como estadistas, como lo que no han sabido ser.

Cuando comenzaron las campañas políticas en nuestro país hace ya casi un año y medio, varias voces se unieron para señalar el peligro que representaba optar por una opción populista, sin visión de futuro y con la bandera de la desacreditación de las instituciones. En esa misma línea discursiva se recalcó la gran lesión que significaría para la economía mexicana.

La respuesta en cierto fue evasiva y en otro fue agresiva. Se adujo que con esa propuesta no se caería en una crisis económica y que esos señalamientos eran producto de ataques políticos infundados. La realidad es que todos los actores políticos, sociales y económicos, de verdad queríamos creer que se trataba de una exageración, sin embargo, dese entonces había certeza clara de lo que se decía.

A poco más de seis meses de administración se ha logrado lo increíble: pérdida de empleos, fuga de empresas ante la incertidumbre de invertir en un país que no otorga garantías y aumento en las tasas de interés, así como en la inflación. Una recesión se manifiesta con una caída general de la economía, es decir, en todos sus rubros, tomando como referencia de medición los dos últimos trimestres contabilizados.

Hoy, dadas las circunstancias, México se encuentra de frente e a una recesión que no será nada fácil de sortear con las circunstancias alrededor de ella. Por un lado, nos encontramos con toma de decisiones apresuradas, infundadas, carentes de inteligencia y con un desdén absoluto por la economía del país, pensando en medidas que mantengan la popularidad por encima de la tranquilidad financiera de cada una de las y los mexicanos.

Esto, desde luego, deja de ser un ataque político sin sentido tomando en consideración el número de renuncias dentro del primer círculo del Gabinete Presidencial, siendo la más grave la del secretario de Hacienda y Crédito Público, no solo por la relevancia que tiene este cargo para la vida económica de un país, sino por la forma en que ocurrió, a través de señalamientos de amiguismo, corrupción y decisiones absurdas. Por otro lado, no es viable recurrir a la circunstancia de una recesión provocada a nivel mundial o incluso, tomando como referencia a Estados Unidos de América.

Y es que, de acuerdo con economistas connotados a nivel mundial que dieron su opinión a The Wall Street Journal, es la primera vez en 25 años en que México cae en una recesión económica, mientras nuestro país vecino crece a buen ritmo.

No cabe duda, el foso económico en el que estamos metidos, y en el que podíamos caer aún más de forma por demás gravosa, es consecuencia de las malas decisiones de un gobierno que no tiene rumbo, que evita sus responsabilidades y que se encuentra hinchado de soberbia y populismo; sí, ese populismo que se señaló hace muchos años y que se asumió como una falacia política.

Ya no sirven los discursos de odio; ya no valen las acusaciones ligeras; ya no es escudo la división entre pobres y ricos. Hoy, estamos a punto de generar más pobres y de lastimar a un país que entregó su esperanza a una mentira económica. Esta es, quizá, la última llamada para actuar como estadistas, como lo que no han sabido ser.

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