/ domingo 27 de mayo de 2018

Paso a desnivel

Pachuca, Hidalgo.- La mutilación de su mano izquierdadespertó su genialidad, desmesura, excentricidad y anarquía deJosé Clemente Orozco. Un centenar de adjetivos describen alartista jalisciense que traspasó fronteras, y que es y será unreferente artístico de México y América Latina. Mucho se haescrito sobre el tradicionalista José Clemente Orozco Flores.Muchos mitos lo persiguen, como aquél corrillo popular que decíaque perdió la extremidad en la guerra revolucionaria, rumor que elmismo desmitificó en vida. La de Orozco, es una historia desupervivencia, adaptación y una voracidad de trascendencia. Eloriundo de lo que hoy es Ciudad Guzmán, Jalisco, llenó con ungirón del ámbito cultural del México rural, inestable y desigualque antecedió y precedió a la Revolución Mexicana. Le dionacionalidad al arte pictorico. Con su coloreado desertificó yabrevó una de las siete bellas artes en la nación convulsa: lapintura. Dos dramas moldearon el carácter y el expresionismo delpintor del bajío: la muerte de su padre Ireneo Orozco cuando JoséClemente tenía 20 años, y un año después, la amputación de suflanco izquierdo —el más agudizado para el arte—, producto desu inquietud adolescente de experimentar, manipular y dominar lapólvora y el fuego. El segundo hecho lo llevó del infierno a lagloria en el trazo, ya que de acuerdo con algunas de sus memorias,el fatídico accidente fue uno de los momentos más dolorosos de suvida. Orozco compartió bonanza y éxitos con los muralistas másnotables que hemos tenido, y eso que solo poseía su costadoderecho. Pese a esto, desarrolló su don con el pincel, perotambién su fijación y obsesión por delinear y retratar manos,causada por su desdicha juvenil, y por su anhelo de mantener ensueños e imágenes, o también en el inconsciente, esa parte delcuerpo cercenada por su novatez. Prueba de ello, el mural “Elhombre en llamas”, uno de sus más conocidos y que más lorepresenta entre sus contemporáneos. Su mano tenía memoria…dicen Lo que comenzó como un pasatiempo en su inmadurez, casinecrófila –Orozco inició pintando rostros de personasfallecidas en la “Casa Amplificadora de Retratos de GerardoVizcaíno”—, se convirtió en su pictórica maestra, quepodemos seguir admirando en edificios públicos como el HospicioCabañas, el Antiguo Colegio de San Idelfonso –en el que está elmural La Trinchera-, el Palacio de Bellas Artes, La Casa de losAzulejos y la Suprema Corte de Justicia, entre otros. La manosiniestra de Clemente Orozco llena el otro vacío. La mano libre...la mano que nunca se ató.

Pachuca, Hidalgo.- La mutilación de su mano izquierdadespertó su genialidad, desmesura, excentricidad y anarquía deJosé Clemente Orozco. Un centenar de adjetivos describen alartista jalisciense que traspasó fronteras, y que es y será unreferente artístico de México y América Latina. Mucho se haescrito sobre el tradicionalista José Clemente Orozco Flores.Muchos mitos lo persiguen, como aquél corrillo popular que decíaque perdió la extremidad en la guerra revolucionaria, rumor que elmismo desmitificó en vida. La de Orozco, es una historia desupervivencia, adaptación y una voracidad de trascendencia. Eloriundo de lo que hoy es Ciudad Guzmán, Jalisco, llenó con ungirón del ámbito cultural del México rural, inestable y desigualque antecedió y precedió a la Revolución Mexicana. Le dionacionalidad al arte pictorico. Con su coloreado desertificó yabrevó una de las siete bellas artes en la nación convulsa: lapintura. Dos dramas moldearon el carácter y el expresionismo delpintor del bajío: la muerte de su padre Ireneo Orozco cuando JoséClemente tenía 20 años, y un año después, la amputación de suflanco izquierdo —el más agudizado para el arte—, producto desu inquietud adolescente de experimentar, manipular y dominar lapólvora y el fuego. El segundo hecho lo llevó del infierno a lagloria en el trazo, ya que de acuerdo con algunas de sus memorias,el fatídico accidente fue uno de los momentos más dolorosos de suvida. Orozco compartió bonanza y éxitos con los muralistas másnotables que hemos tenido, y eso que solo poseía su costadoderecho. Pese a esto, desarrolló su don con el pincel, perotambién su fijación y obsesión por delinear y retratar manos,causada por su desdicha juvenil, y por su anhelo de mantener ensueños e imágenes, o también en el inconsciente, esa parte delcuerpo cercenada por su novatez. Prueba de ello, el mural “Elhombre en llamas”, uno de sus más conocidos y que más lorepresenta entre sus contemporáneos. Su mano tenía memoria…dicen Lo que comenzó como un pasatiempo en su inmadurez, casinecrófila –Orozco inició pintando rostros de personasfallecidas en la “Casa Amplificadora de Retratos de GerardoVizcaíno”—, se convirtió en su pictórica maestra, quepodemos seguir admirando en edificios públicos como el HospicioCabañas, el Antiguo Colegio de San Idelfonso –en el que está elmural La Trinchera-, el Palacio de Bellas Artes, La Casa de losAzulejos y la Suprema Corte de Justicia, entre otros. La manosiniestra de Clemente Orozco llena el otro vacío. La mano libre...la mano que nunca se ató.

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