/ miércoles 29 de septiembre de 2021

Nunca más la fuerza del Estado contra estudiantes

El recuerdo del asesinato y la desaparición de estudiantes normalistas rurales pesa y pesa mucho.

Cada año, la víspera de conmemorar la matanza de estudiantes por parte del ejército mexicano el 2 de octubre de 1968, en la Ciudad de México, los estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa, Guerrero, tomaban camiones foráneos para llegar a la ya histórica marcha que la juventud protagoniza.

Ellos salieron a defender la libertad, la educación y la justicia. Para los que no conocen lo que es ser estudiante y salir con todo el corazón y exponiendo la vida a defender la educación gratuita, la libertad y la justicia social, les comparto respetuosamente que uno lo hace convencido que es por el bien de todo México. Por las y los presentes, así como por las generaciones venideras.

Ese fue el sentimiento de los estudiantes de Ayotzinapa cuando fueron en busca de transporte para llegar a la marcha por los estudiantes asesinados en 1968. Sin embargo, lo que encontraron fue la muerte.

Los asesinaron y después los desaparecieron. Hoy se sabe por testigos que, la policía municipal, la policía federal y el ejército estuvieron involucrados. Eso no es nuevo en nuestro país.

Lo que sí es inédito y que además demuestra la fuerza paralela que ha crecido al margen del gobierno, es la participación de grupos criminales en coordinación con las fuerzas del gobierno en el asesinato y desaparición de los estudiantes rurales.

No se nos olvide el horror, la consternación y la indignación que nos provocó el cadáver del estudiante Julio Cesar Mondragón; torturado, desollado y abandonado en plena calle.

La tortura es un instrumento de los gobiernos represores; ésta se enseña, tiene técnicas y está diseñada según sus fines, existen especialistas en ella, incluso se exporta de un país a otro.

La fotografía del cadáver desollado de Julio Cesar Mondragón nos muestra la participación de profesionales en el negocio de la guerra y la tortura; además, fue un claro mensaje de advertencia, de táctica de guerra.

Sin pudor, es claro que el ejército participó, ese cuerpo armado que este gobierno está llenando de poder y de dinero.

Con el corazón desde aquí nos comprometemos, con los padres de los 43 asesinados y desaparecidos de Ayotzinapa, a que nuestra labor y acción política, legislativa y social, la orientaremos a que la verdad sea conocida, y que una tragedia así jamás vuelva a suceder.

Nunca, nunca más la fuerza del Estado contra estudiantes. Nunca, nunca más un México represor manchado de sangre de jóvenes. Tal vez la verdad nunca se sabrá.

Estamos en el sexenio de la militarización rumbo al militarismo. Que no se olvide que hemos advertido que de seguir así vamos a vivir un México inédito: el del militarismo absoluto y el ejecutivo subordinado a él.

En México, algunos con dolor, otros con vergüenza, otros con las manos manchadas de sangre y otros con rabia, hemos aprendido que a los estudiantes no se les toca jamás.

El recuerdo del asesinato y la desaparición de estudiantes normalistas rurales pesa y pesa mucho.

Cada año, la víspera de conmemorar la matanza de estudiantes por parte del ejército mexicano el 2 de octubre de 1968, en la Ciudad de México, los estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa, Guerrero, tomaban camiones foráneos para llegar a la ya histórica marcha que la juventud protagoniza.

Ellos salieron a defender la libertad, la educación y la justicia. Para los que no conocen lo que es ser estudiante y salir con todo el corazón y exponiendo la vida a defender la educación gratuita, la libertad y la justicia social, les comparto respetuosamente que uno lo hace convencido que es por el bien de todo México. Por las y los presentes, así como por las generaciones venideras.

Ese fue el sentimiento de los estudiantes de Ayotzinapa cuando fueron en busca de transporte para llegar a la marcha por los estudiantes asesinados en 1968. Sin embargo, lo que encontraron fue la muerte.

Los asesinaron y después los desaparecieron. Hoy se sabe por testigos que, la policía municipal, la policía federal y el ejército estuvieron involucrados. Eso no es nuevo en nuestro país.

Lo que sí es inédito y que además demuestra la fuerza paralela que ha crecido al margen del gobierno, es la participación de grupos criminales en coordinación con las fuerzas del gobierno en el asesinato y desaparición de los estudiantes rurales.

No se nos olvide el horror, la consternación y la indignación que nos provocó el cadáver del estudiante Julio Cesar Mondragón; torturado, desollado y abandonado en plena calle.

La tortura es un instrumento de los gobiernos represores; ésta se enseña, tiene técnicas y está diseñada según sus fines, existen especialistas en ella, incluso se exporta de un país a otro.

La fotografía del cadáver desollado de Julio Cesar Mondragón nos muestra la participación de profesionales en el negocio de la guerra y la tortura; además, fue un claro mensaje de advertencia, de táctica de guerra.

Sin pudor, es claro que el ejército participó, ese cuerpo armado que este gobierno está llenando de poder y de dinero.

Con el corazón desde aquí nos comprometemos, con los padres de los 43 asesinados y desaparecidos de Ayotzinapa, a que nuestra labor y acción política, legislativa y social, la orientaremos a que la verdad sea conocida, y que una tragedia así jamás vuelva a suceder.

Nunca, nunca más la fuerza del Estado contra estudiantes. Nunca, nunca más un México represor manchado de sangre de jóvenes. Tal vez la verdad nunca se sabrá.

Estamos en el sexenio de la militarización rumbo al militarismo. Que no se olvide que hemos advertido que de seguir así vamos a vivir un México inédito: el del militarismo absoluto y el ejecutivo subordinado a él.

En México, algunos con dolor, otros con vergüenza, otros con las manos manchadas de sangre y otros con rabia, hemos aprendido que a los estudiantes no se les toca jamás.

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