/ miércoles 30 de octubre de 2019

La dignidad de la CNDH, en juego

La naturaleza jurídica de instituciones como el INE, el Banco de México, el INAI, la Comisión Nacional de Derechos Humanos y otras descansa en ser órganos constitucionales autónomos por el hecho de ser mandatados en la Carta Magna y, por otro lado, su autonomía frente a otros poderes públicos. Quizá esta característica es la más importante funcionalmente, ya que en su propia concepción se ideó con la necesidad de afrontar situaciones de hecho que estuvieran alejadas de cualquier postura partidista o de gobierno.

Encabezar cualquiera de estos organismos implica una de las tareas más complejas que se tienen al nivel de cargos públicos, ya que solo con firmeza y dignidad se pueden rendir resultados favorables, de lo contrario se camina por la delgada línea del servilismo y la ineficacia, lo cual los convierte en instituciones inservibles y sin razón de ser.

La Comisión Nacional de los Derechos Humanos es, quizá, el organismo más relevante creado en los últimos años. Su aparición fue producto de la necesidad social de contar con un auténtico defensor de causas y derechos que habían sido abandonados, incluso a nivel internacional. Ejercer el cargo de Presidente de la CNDH requiere, además de los requisitos legales, altura de miras y capacidad en una materia tan especializada como esa.

Unos de los aspectos más relevantes durante la gestión del titular saliente, Luis Raúl González Pérez, radicó en su independencia, probidad y equilibrio frente a situaciones que se alejó de la comparsa que pudiera prestarse en una posición como esa. Tan es así que uno de sus últimos actos fue renunciar a competir por su reelección en aras de una Comisión independiente, eficaz y alejada de atavismos que beneficien a una sola persona.

Ahora, en un proceso que nos brinda una oportunidad única para mantener una Comisión independiente, sobre todo en un escenario adverso donde ha sido descalificada, calumniada e injuriada, se requiere de un nombramiento limpio, imparcial y con un aseo máximo en el proceso; de lo contrario tendremos a la institución más importante del país en materia de Derechos Humanos como un elefante blanco acompañante de resoluciones autoritarias que vulneran derechos mínimos de las y los mexicanos.

Se requiere de una persona capaz, que tenga experiencia y conocimiento probado, pero, además, un hombre o una mujer independiente, alejado de partidos y de causas parciales, que por encima de su persona coloque la gran necesidad del pueblo mexicano para que haga frente a las medidas de gobierno que afecten los intereses de todas y todos.

No queremos una CNDH muda, atada, sin sentido y con miedo. Requerimos de una persona que sea capaz de conducirse en el marco de la legalidad y constitucionalidad sin aspavientos, sin protagonismos, pero tampoco sin dar la razón a quien no la tiene por el simple hecho de pagarle el favor de ocupar ese lugar. Esta designación es decisiva porque, necesariamente, será una voz de independencia o de sumisión con todo lo que ello implica. Requerimos, sin duda, al mejor perfil, sin importar que no tenga el respaldo político de un grupo.

La naturaleza jurídica de instituciones como el INE, el Banco de México, el INAI, la Comisión Nacional de Derechos Humanos y otras descansa en ser órganos constitucionales autónomos por el hecho de ser mandatados en la Carta Magna y, por otro lado, su autonomía frente a otros poderes públicos. Quizá esta característica es la más importante funcionalmente, ya que en su propia concepción se ideó con la necesidad de afrontar situaciones de hecho que estuvieran alejadas de cualquier postura partidista o de gobierno.

Encabezar cualquiera de estos organismos implica una de las tareas más complejas que se tienen al nivel de cargos públicos, ya que solo con firmeza y dignidad se pueden rendir resultados favorables, de lo contrario se camina por la delgada línea del servilismo y la ineficacia, lo cual los convierte en instituciones inservibles y sin razón de ser.

La Comisión Nacional de los Derechos Humanos es, quizá, el organismo más relevante creado en los últimos años. Su aparición fue producto de la necesidad social de contar con un auténtico defensor de causas y derechos que habían sido abandonados, incluso a nivel internacional. Ejercer el cargo de Presidente de la CNDH requiere, además de los requisitos legales, altura de miras y capacidad en una materia tan especializada como esa.

Unos de los aspectos más relevantes durante la gestión del titular saliente, Luis Raúl González Pérez, radicó en su independencia, probidad y equilibrio frente a situaciones que se alejó de la comparsa que pudiera prestarse en una posición como esa. Tan es así que uno de sus últimos actos fue renunciar a competir por su reelección en aras de una Comisión independiente, eficaz y alejada de atavismos que beneficien a una sola persona.

Ahora, en un proceso que nos brinda una oportunidad única para mantener una Comisión independiente, sobre todo en un escenario adverso donde ha sido descalificada, calumniada e injuriada, se requiere de un nombramiento limpio, imparcial y con un aseo máximo en el proceso; de lo contrario tendremos a la institución más importante del país en materia de Derechos Humanos como un elefante blanco acompañante de resoluciones autoritarias que vulneran derechos mínimos de las y los mexicanos.

Se requiere de una persona capaz, que tenga experiencia y conocimiento probado, pero, además, un hombre o una mujer independiente, alejado de partidos y de causas parciales, que por encima de su persona coloque la gran necesidad del pueblo mexicano para que haga frente a las medidas de gobierno que afecten los intereses de todas y todos.

No queremos una CNDH muda, atada, sin sentido y con miedo. Requerimos de una persona que sea capaz de conducirse en el marco de la legalidad y constitucionalidad sin aspavientos, sin protagonismos, pero tampoco sin dar la razón a quien no la tiene por el simple hecho de pagarle el favor de ocupar ese lugar. Esta designación es decisiva porque, necesariamente, será una voz de independencia o de sumisión con todo lo que ello implica. Requerimos, sin duda, al mejor perfil, sin importar que no tenga el respaldo político de un grupo.

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