/ martes 11 de junio de 2019

Guerra, tiranía y fraternidad

En agosto de 1941 en algún lugar del océano Atlántico se reunieron los líderes de las potencias que se mantenían libres de la tiranía que Adolfo Hitler impuso sobre la totalidad de Europa continental; Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt se reunieron en una situación de crisis total, París había caído bajo la bandera nazi, en una humillante derrota; la operación Barbarroja que Hitler había emprendido en contra de la Unión Soviética obligó al mismísimo José Stalin a huir de Moscú ante su inminente caída en manos del ejército alemán y por si fuera poco otra de las potencias aliadas de la Alemania Nazi: Japón, había lanzado una agresiva campaña para conquistar Asia y que había comenzado con la ocupación de Manchuria y China.

La reunión que tuvieron Roosevelt y Churchill fue para planear cómo sería el mundo después de la guerra (obviamente no sabían si la iban a ganar) y que ante los horrores de ésta (es importante recordar que para 1941 lo peor aún no ocurría, v.gr. el holocausto, la bomba atómica) el mundo no podía repetir ese capítulo monstruoso. La Carta del Atlántico fue el resultado y enlistaba 14 principios que servirían para construir el nuevo orden mundial después de 1945; uno de estos principios era: “(El) Restablecimiento, después de destruida la tiranía nazi, de una paz que proporcione a todas las naciones los medios de vivir seguros dentro de sus propias fronteras, y a todos los hombres en todas las tierras una vida libre de temor y de necesidad”.

El presidente Donald Trump ha defendido belicosamente una agenda, cuya base es la contrarreforma de diversos principios que los Estados Unidos han impulsado y consolidado durante las últimas 7 décadas, uno de éstos, también enmarcado en la Carta del Atlántico, es: “(…) realizar entre todas las naciones la colaboración más completa, con el fin de asegurar a todos las mejoras de las condiciones de trabajo, el progreso económico y la protección social” esta declaración se concatena con la citada en el párrafo anterior con la finalidad de no repetir una gran guerra que casi destruye todo y ante las lamentables acciones de Trump podemos saber claramente que no le interesan, ni los principios, ni la historia, ni su país, ni la humanidad; es un megalómano; sin embargo, si alguna lección puede dejarnos el pasado, incluso ante situaciones tan complejas y desesperanzadoras, como dijo el presidente López Obrador y coincido, es que: “por encima de las fronteras nacionales, prevalecerán la justicia y la fraternidad universales”.

Según datos del Alto Comisionado de Naciones Unidas para Refugiados el 48.6% de los menores no acompañados que transitan por México hacia la Unión Americana, están huyendo de situaciones de violencia, es decir los están matando o reclutando las pandillas que controlan, tan solo en El Salvador, el 90% de los barrios. Las historias son desgarradoras, pero ante la cerrazón del egoísmo no pueden penetrar en los tiranos. México está haciendo lo correcto, defendiéndose de la injusticia y el castigo que pretende imponernos Trump, pero al mismo tiempo cumpliendo con el compromiso irrenunciable e histórico de apoyar a nuestros hermanos centroamericanos, visibilizando su dolor y exigiendo la corresponsabilidad del poderoso para resolver esta crisis humanitaria, siempre aplicando los principios de aquella Carta del Atlántico, que siguen vigentes y predominarán por encima de la barbarie, la mentira y la injusticia. La historia lo ha demostrado aún en las horas más oscuras.

En agosto de 1941 en algún lugar del océano Atlántico se reunieron los líderes de las potencias que se mantenían libres de la tiranía que Adolfo Hitler impuso sobre la totalidad de Europa continental; Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt se reunieron en una situación de crisis total, París había caído bajo la bandera nazi, en una humillante derrota; la operación Barbarroja que Hitler había emprendido en contra de la Unión Soviética obligó al mismísimo José Stalin a huir de Moscú ante su inminente caída en manos del ejército alemán y por si fuera poco otra de las potencias aliadas de la Alemania Nazi: Japón, había lanzado una agresiva campaña para conquistar Asia y que había comenzado con la ocupación de Manchuria y China.

La reunión que tuvieron Roosevelt y Churchill fue para planear cómo sería el mundo después de la guerra (obviamente no sabían si la iban a ganar) y que ante los horrores de ésta (es importante recordar que para 1941 lo peor aún no ocurría, v.gr. el holocausto, la bomba atómica) el mundo no podía repetir ese capítulo monstruoso. La Carta del Atlántico fue el resultado y enlistaba 14 principios que servirían para construir el nuevo orden mundial después de 1945; uno de estos principios era: “(El) Restablecimiento, después de destruida la tiranía nazi, de una paz que proporcione a todas las naciones los medios de vivir seguros dentro de sus propias fronteras, y a todos los hombres en todas las tierras una vida libre de temor y de necesidad”.

El presidente Donald Trump ha defendido belicosamente una agenda, cuya base es la contrarreforma de diversos principios que los Estados Unidos han impulsado y consolidado durante las últimas 7 décadas, uno de éstos, también enmarcado en la Carta del Atlántico, es: “(…) realizar entre todas las naciones la colaboración más completa, con el fin de asegurar a todos las mejoras de las condiciones de trabajo, el progreso económico y la protección social” esta declaración se concatena con la citada en el párrafo anterior con la finalidad de no repetir una gran guerra que casi destruye todo y ante las lamentables acciones de Trump podemos saber claramente que no le interesan, ni los principios, ni la historia, ni su país, ni la humanidad; es un megalómano; sin embargo, si alguna lección puede dejarnos el pasado, incluso ante situaciones tan complejas y desesperanzadoras, como dijo el presidente López Obrador y coincido, es que: “por encima de las fronteras nacionales, prevalecerán la justicia y la fraternidad universales”.

Según datos del Alto Comisionado de Naciones Unidas para Refugiados el 48.6% de los menores no acompañados que transitan por México hacia la Unión Americana, están huyendo de situaciones de violencia, es decir los están matando o reclutando las pandillas que controlan, tan solo en El Salvador, el 90% de los barrios. Las historias son desgarradoras, pero ante la cerrazón del egoísmo no pueden penetrar en los tiranos. México está haciendo lo correcto, defendiéndose de la injusticia y el castigo que pretende imponernos Trump, pero al mismo tiempo cumpliendo con el compromiso irrenunciable e histórico de apoyar a nuestros hermanos centroamericanos, visibilizando su dolor y exigiendo la corresponsabilidad del poderoso para resolver esta crisis humanitaria, siempre aplicando los principios de aquella Carta del Atlántico, que siguen vigentes y predominarán por encima de la barbarie, la mentira y la injusticia. La historia lo ha demostrado aún en las horas más oscuras.