/ miércoles 12 de junio de 2024

El trabajo no es para la niñez, el bienestar integral sí

Hace 25 años, luego de análisis de las realidades que se vivían en muchas regiones del mundo, se implementaron acciones y llamamientos a nivel internacional sobre el grave problema del trabajo infantil. De ahí que, desde entonces, el 12 de junio se instauró el Día Mundial contra el Trabajo Infantil, sin embargo, la conmemoración es sólo una situación de recordatorio para todos los países miembros, siendo el elemento más fuerte la firma del Convenio sobre las peores formas de trabajo infantil firmado precisamente en 1999, el cual también es conocido como el convenio 182 de la OIT. Ese llamado se convirtió a los pocos años en una imperiosa necesidad para modificar legislaciones y, al mismo tiempo, realidades que estaban socavando la integridad de millones de niñas, niños y adolescentes.

La pandemia fue uno de los momentos más difíciles para el combate al trabajo infantil, ya que la regresión económica y la profundización de la pobreza que generó el aislamiento por el COVID-19, llevó a millones de niñas, niños y adolescentes de nuevo a las calles a buscar un trabajo que les permitiera apoyar a la precaria economía de sus hogares, demostrándonos que el trabajo al combate de este flagelo debe ser permanente debido a que las condiciones de vida nos pueden volver a arrastrar a ello.

A nivel mundial, uno de cada diez niños está trabajando, siendo las regiones de Asia y África las más afectadas por esa situación, sin embargo, datos de la Organización de las Naciones Unidas, dejan claro que la problemática no está principalmente en los países de ingresos bajos, sino en países como el nuestro que se considera de ingresos medios, ya que en esas naciones se concentra más del 50 por ciento de niñas y niños en esta situación.

No podemos pasar por alto que la formación de las personas en el mundo se instala en la niñez, ya que de ello depende la forma en que afronten la vida, la asimilación de la educación y la tranquilidad con que se instalen en la adultez, por lo que consentir que millones de niños se mantengan en trabajos arduos de poca paga y que sacrifiquen su infancia, nos hará pensar en que al poco tiempo, en su temprana adultez, sobrevengan problemas de salud física y mental.

Proteger a la niñez del trabajo cuando debieran estar en las aulas y en espacios de formación cultural, deportiva y, desde luego, de recreación, va más allá de una política pública al futuro; implica atender un presente de seres humanos que deben gozar de paz, de estabilidad y de tranquilidad para ellos y sus familias.

Hoy aparecen cada vez más historias de empresas transnacionales que se aprovechan de la mano de obra infantil, propiciando un repudio generalizado de consumidores y organizaciones sociales. De ahí lala necesidad de que los gobiernos fluyan hacia legislaciones más estrictas y políticas de supervisión de seguridad y salud en el trabajo más minuciosas y permanentes a fin de atajar cualquier atisbo de aprovechamiento de nuestra niñez.

Cuidar que el trabajo infantil se erradique es una tarea que involucra los tres poderes en el gobierno y a toda la sociedad civil, ya que a través de la asistencia social, de programas sociales que fomenten la educación y protejan a la niñez con instrucción pública y gratuita que fomente el desarrollo integral, se generará un estado de bienestar para las familias enteras, entendiendo que serán los adultos de las comunidades quienes se encargarán del trabajo si las necesidades de salud, educación y alimentación están satisfechas.

Así, va más allá de un programa con indicadores de objetivos de desarrollo del milenio. No podemos dar el lujo de entregar resultados hasta dentro de seis o diez años; la realidad de la niñez en el mundo requiere un vuelco inmediato pro no decir urgente, ya que las condiciones en que se están desarrollando implican un rompimiento del tejido social que arde o temprano cobrará factura. Nada más y nada menos que por su bienestar, debemos alejar a la niñez del trabajo.


Hace 25 años, luego de análisis de las realidades que se vivían en muchas regiones del mundo, se implementaron acciones y llamamientos a nivel internacional sobre el grave problema del trabajo infantil. De ahí que, desde entonces, el 12 de junio se instauró el Día Mundial contra el Trabajo Infantil, sin embargo, la conmemoración es sólo una situación de recordatorio para todos los países miembros, siendo el elemento más fuerte la firma del Convenio sobre las peores formas de trabajo infantil firmado precisamente en 1999, el cual también es conocido como el convenio 182 de la OIT. Ese llamado se convirtió a los pocos años en una imperiosa necesidad para modificar legislaciones y, al mismo tiempo, realidades que estaban socavando la integridad de millones de niñas, niños y adolescentes.

La pandemia fue uno de los momentos más difíciles para el combate al trabajo infantil, ya que la regresión económica y la profundización de la pobreza que generó el aislamiento por el COVID-19, llevó a millones de niñas, niños y adolescentes de nuevo a las calles a buscar un trabajo que les permitiera apoyar a la precaria economía de sus hogares, demostrándonos que el trabajo al combate de este flagelo debe ser permanente debido a que las condiciones de vida nos pueden volver a arrastrar a ello.

A nivel mundial, uno de cada diez niños está trabajando, siendo las regiones de Asia y África las más afectadas por esa situación, sin embargo, datos de la Organización de las Naciones Unidas, dejan claro que la problemática no está principalmente en los países de ingresos bajos, sino en países como el nuestro que se considera de ingresos medios, ya que en esas naciones se concentra más del 50 por ciento de niñas y niños en esta situación.

No podemos pasar por alto que la formación de las personas en el mundo se instala en la niñez, ya que de ello depende la forma en que afronten la vida, la asimilación de la educación y la tranquilidad con que se instalen en la adultez, por lo que consentir que millones de niños se mantengan en trabajos arduos de poca paga y que sacrifiquen su infancia, nos hará pensar en que al poco tiempo, en su temprana adultez, sobrevengan problemas de salud física y mental.

Proteger a la niñez del trabajo cuando debieran estar en las aulas y en espacios de formación cultural, deportiva y, desde luego, de recreación, va más allá de una política pública al futuro; implica atender un presente de seres humanos que deben gozar de paz, de estabilidad y de tranquilidad para ellos y sus familias.

Hoy aparecen cada vez más historias de empresas transnacionales que se aprovechan de la mano de obra infantil, propiciando un repudio generalizado de consumidores y organizaciones sociales. De ahí lala necesidad de que los gobiernos fluyan hacia legislaciones más estrictas y políticas de supervisión de seguridad y salud en el trabajo más minuciosas y permanentes a fin de atajar cualquier atisbo de aprovechamiento de nuestra niñez.

Cuidar que el trabajo infantil se erradique es una tarea que involucra los tres poderes en el gobierno y a toda la sociedad civil, ya que a través de la asistencia social, de programas sociales que fomenten la educación y protejan a la niñez con instrucción pública y gratuita que fomente el desarrollo integral, se generará un estado de bienestar para las familias enteras, entendiendo que serán los adultos de las comunidades quienes se encargarán del trabajo si las necesidades de salud, educación y alimentación están satisfechas.

Así, va más allá de un programa con indicadores de objetivos de desarrollo del milenio. No podemos dar el lujo de entregar resultados hasta dentro de seis o diez años; la realidad de la niñez en el mundo requiere un vuelco inmediato pro no decir urgente, ya que las condiciones en que se están desarrollando implican un rompimiento del tejido social que arde o temprano cobrará factura. Nada más y nada menos que por su bienestar, debemos alejar a la niñez del trabajo.