/ miércoles 10 de junio de 2020

El odio por la popularidad y los votos

Cuando se junta la injusticia con la necedad las consecuencias son fatales y socialmente incendiarias. Pero no nos confundamos, una protesta legítima siempre estará por encima de todo, sin embargo, la falta de visión, empatía y capacidad para atender asuntos sociales no se pueden pasar por alto.

Hace casi semana y media se desataron una ola de protestas históricas en prácticamente todos los rincones de los Estados Unidos propiciados, principalmente, por el homicidio de George Floyd, un ciudadano afroamericano de Mineápolis que, luego de ser acusado por pagar con un billete falso, fue detenido por oficiales de policía aplicándole fuerza excesiva, colocando su rodilla sobre su cuello y, a pesar de que en repetidas ocasiones clamaba que lo soltaron porque no podías respirar, los policías hicieron caso omiso generando que momentos después muriera por asfixia mientras recibía atención médica.

A esas manifestaciones coléricas se trajo a la palestra la muerte de Breonna Taylor, afroamericana también, avecindada en Louisville estado de Kentucky, quien fue asesinada de 8 disparos en su apartamento luego de que un grupo de policías allanara su hogar al equivocarse de domicilio en busca de un vendedor de drogas de la ciudad. Desde luego, en el apartamento de Taylor no se encontró estupefaciente alguno.

De costa a costa, los estadounidenses han salido a las calles exigiendo justicia y un alto al racismo de muchos sectores de la ciudadanía estadounidense. Protestas pacíficas o violentas han tomado las grandes capitales de dicho país para exigir respeto en todos los sentidos para afroamericanos, latinos, habitantes originarios y muchas minorías que han vivido históricamente oprimidas. La consigna de “black lives matter” o “vidas afroamericanas importan”, han estallado en un grito desesperado asumiendo que aunque la vida de todas las personas se deben cuidar, las de los afroamericanos deben vigilarse debido al alto número de muertes por odio o violencia policial en ese país. La respuesta oficial a esas protestas ha sido tal y como se les esperaba: desoyéndolas y exigiendo un alto a las protestas, instalando, incluso a la Guardia Nacional para “poner orden” y emitir arrestos con lujo de violencia. Evidentemente, esas órdenes vienen de quien durante toda su campaña y como bandera de triunfo dividió a la sociedad estadounidense en clases, menospreciando a las minorías criminizándolas y haciéndolas a un lado de su gobierno. Si, en cierto, sentido, ese discurso de odio fue el aliento a la hoguera de racismo que de por sí ya se vivía en esa sociedad desde muchas décadas atrás.

Esos discursos de odio, divisivos, sin sentido, tienen como único fin agraciarse con electores para sus fines político, sin embargo, tal parece que ese tipo de personajes no saben controlar los incendios que provocan generando que se salgan de sus manos y ocurran tragedias como la de Floyd, Taylor y cientos de miles de personas que al pertenecer a alguna minoría son el objetivo perfecto para depositar un odio infundado. Ya sea en Estados Unidos o México, esos discursos jocosos pero violentos entre ricos y pobres, entre blancos y negros, entre estudiantes y obreros, no hacen más que pudrir a una sociedad que en medio de las crisis buscan culpables para redimir las pésimas decisiones gubernamentales que tienen el único fin de alentar a su causa cada vez menos aceptada por la sociedad. La popularidad por encima de la sensatez, pues.

Cuando se junta la injusticia con la necedad las consecuencias son fatales y socialmente incendiarias. Pero no nos confundamos, una protesta legítima siempre estará por encima de todo, sin embargo, la falta de visión, empatía y capacidad para atender asuntos sociales no se pueden pasar por alto.

Hace casi semana y media se desataron una ola de protestas históricas en prácticamente todos los rincones de los Estados Unidos propiciados, principalmente, por el homicidio de George Floyd, un ciudadano afroamericano de Mineápolis que, luego de ser acusado por pagar con un billete falso, fue detenido por oficiales de policía aplicándole fuerza excesiva, colocando su rodilla sobre su cuello y, a pesar de que en repetidas ocasiones clamaba que lo soltaron porque no podías respirar, los policías hicieron caso omiso generando que momentos después muriera por asfixia mientras recibía atención médica.

A esas manifestaciones coléricas se trajo a la palestra la muerte de Breonna Taylor, afroamericana también, avecindada en Louisville estado de Kentucky, quien fue asesinada de 8 disparos en su apartamento luego de que un grupo de policías allanara su hogar al equivocarse de domicilio en busca de un vendedor de drogas de la ciudad. Desde luego, en el apartamento de Taylor no se encontró estupefaciente alguno.

De costa a costa, los estadounidenses han salido a las calles exigiendo justicia y un alto al racismo de muchos sectores de la ciudadanía estadounidense. Protestas pacíficas o violentas han tomado las grandes capitales de dicho país para exigir respeto en todos los sentidos para afroamericanos, latinos, habitantes originarios y muchas minorías que han vivido históricamente oprimidas. La consigna de “black lives matter” o “vidas afroamericanas importan”, han estallado en un grito desesperado asumiendo que aunque la vida de todas las personas se deben cuidar, las de los afroamericanos deben vigilarse debido al alto número de muertes por odio o violencia policial en ese país. La respuesta oficial a esas protestas ha sido tal y como se les esperaba: desoyéndolas y exigiendo un alto a las protestas, instalando, incluso a la Guardia Nacional para “poner orden” y emitir arrestos con lujo de violencia. Evidentemente, esas órdenes vienen de quien durante toda su campaña y como bandera de triunfo dividió a la sociedad estadounidense en clases, menospreciando a las minorías criminizándolas y haciéndolas a un lado de su gobierno. Si, en cierto, sentido, ese discurso de odio fue el aliento a la hoguera de racismo que de por sí ya se vivía en esa sociedad desde muchas décadas atrás.

Esos discursos de odio, divisivos, sin sentido, tienen como único fin agraciarse con electores para sus fines político, sin embargo, tal parece que ese tipo de personajes no saben controlar los incendios que provocan generando que se salgan de sus manos y ocurran tragedias como la de Floyd, Taylor y cientos de miles de personas que al pertenecer a alguna minoría son el objetivo perfecto para depositar un odio infundado. Ya sea en Estados Unidos o México, esos discursos jocosos pero violentos entre ricos y pobres, entre blancos y negros, entre estudiantes y obreros, no hacen más que pudrir a una sociedad que en medio de las crisis buscan culpables para redimir las pésimas decisiones gubernamentales que tienen el único fin de alentar a su causa cada vez menos aceptada por la sociedad. La popularidad por encima de la sensatez, pues.

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