/ miércoles 11 de marzo de 2020

Destierro de la violencia contra la mujer

Hace apenas unos días vivimos en el país una de las manifestaciones más entrañables de toda la historia de México. Con sororidad y pacifismo cientos de miles de mujeres tomaron las calles para alzar una voz común pidiendo unidad, respeto a sus derechos y reflexión por parte de todos los sectores sociales respecto de las diversas modalidades de violencia que tenemos que soportar las mujeres todos los días en nuestra vida cotidiana.

Esa violencia se desdobla en aristas que se perciben incluso como micromachismos de los que parece no existe una conciencia de la aplicación por parte de hombres e, incluso, de mujeres que atendiendo a una carga cultural, proyectan actitudes, palabras, decisiones y tratos que no sólo denostan a la mujer, sino que la violentan obligándole a hacer algo o restringiéndole el derecho de hacerlo.

En efecto, la violencia en contra de las mujeres va más allá de cualquier decisión gubernamental cuando se convierte en un mal sumamente arraigado en la psique de la sociedad mexicana. No habrá política pública, programa o ley que cambie el estado de las cosas si no nos conducimos a un análisis profundo de nuestro entorno, donde se detecten todas esas lozas culturales que han mantenido a las mexicanas viviendo en condiciones de desigualdad.

Lo que sucedió el 8 de marzo pasado fue una muestra de unión y civilidad por parte de las mujeres que tomaron las calles como una forma de alzar la voz exigiendo ni más ni menos de lo que merecen: no se tratadas como personas de segunda, acceso a las mismas oportunidades, remuneración idéntica a los hombres, alto urgente a la violencia perpetrada por muchísimos hombres que tienen actitudes negativas como forma de vida y justicia para las que ya no están entre nosotros.

El contraste se dio un día después cuando las calles lucieron semivacías, pero no fue una vacuidad que descansa en el descanso, en el asueto, sino un extrañamiento de personas que conforman, por lo menos la mitad de la sociedad y que con su esfuerzo y compromiso diario hacen funcionar a familias, ciudades, estados, países y sociedades enteras.

Nadie se movió y las que lo tuvieron que hacer fue justamente porque sabían que sin esos alfileres todo podría derrumbarse, pero con la conciencia de que sin ella poco o nada seríamos y que sin su aporte los conflictos se darían sólo por cuestión de tiempo. También hubo quien, como consecuencia del momento histórico que nos encontramos, no pudo desprenderse de sus actividades debido a la falta de empatía con el movimiento.

Un día atiborramos las calles y otro día paralizamos todo. Esas somos las mujeres que tenemos una fuerza como nunca pero un riesgo inminente que no nos permite desarrollarnos, ya que, de lo contrario, tendríamos un mundo que estallara en armonía, felicidad y empatía con todos y cada uno de los seres humanos.

Hace apenas unos días vivimos en el país una de las manifestaciones más entrañables de toda la historia de México. Con sororidad y pacifismo cientos de miles de mujeres tomaron las calles para alzar una voz común pidiendo unidad, respeto a sus derechos y reflexión por parte de todos los sectores sociales respecto de las diversas modalidades de violencia que tenemos que soportar las mujeres todos los días en nuestra vida cotidiana.

Esa violencia se desdobla en aristas que se perciben incluso como micromachismos de los que parece no existe una conciencia de la aplicación por parte de hombres e, incluso, de mujeres que atendiendo a una carga cultural, proyectan actitudes, palabras, decisiones y tratos que no sólo denostan a la mujer, sino que la violentan obligándole a hacer algo o restringiéndole el derecho de hacerlo.

En efecto, la violencia en contra de las mujeres va más allá de cualquier decisión gubernamental cuando se convierte en un mal sumamente arraigado en la psique de la sociedad mexicana. No habrá política pública, programa o ley que cambie el estado de las cosas si no nos conducimos a un análisis profundo de nuestro entorno, donde se detecten todas esas lozas culturales que han mantenido a las mexicanas viviendo en condiciones de desigualdad.

Lo que sucedió el 8 de marzo pasado fue una muestra de unión y civilidad por parte de las mujeres que tomaron las calles como una forma de alzar la voz exigiendo ni más ni menos de lo que merecen: no se tratadas como personas de segunda, acceso a las mismas oportunidades, remuneración idéntica a los hombres, alto urgente a la violencia perpetrada por muchísimos hombres que tienen actitudes negativas como forma de vida y justicia para las que ya no están entre nosotros.

El contraste se dio un día después cuando las calles lucieron semivacías, pero no fue una vacuidad que descansa en el descanso, en el asueto, sino un extrañamiento de personas que conforman, por lo menos la mitad de la sociedad y que con su esfuerzo y compromiso diario hacen funcionar a familias, ciudades, estados, países y sociedades enteras.

Nadie se movió y las que lo tuvieron que hacer fue justamente porque sabían que sin esos alfileres todo podría derrumbarse, pero con la conciencia de que sin ella poco o nada seríamos y que sin su aporte los conflictos se darían sólo por cuestión de tiempo. También hubo quien, como consecuencia del momento histórico que nos encontramos, no pudo desprenderse de sus actividades debido a la falta de empatía con el movimiento.

Un día atiborramos las calles y otro día paralizamos todo. Esas somos las mujeres que tenemos una fuerza como nunca pero un riesgo inminente que no nos permite desarrollarnos, ya que, de lo contrario, tendríamos un mundo que estallara en armonía, felicidad y empatía con todos y cada uno de los seres humanos.

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