/ miércoles 13 de noviembre de 2019

Convulsión latinoamericana

Hace varios años, un poco más de una década, en varios países de América Latina los candidatos de partidos “progresistas” o de “izquierda radical” tomaban, por la vía democrática, los gobiernos de esas naciones, bajo la consigna de acabar con el neoliberalismo, la corrupción y acabar, de una vez por todas, con las grandes brechas que hacen a la región una de las más desiguales del mundo en materia económica.

Con una sociedad más informada, enervada y urgida de soluciones ante su precaria situación, le otorgaron casi un cheque en blanco a esas nuevas propuestas que, de manera desmedida, entregaron expectativas irreales, aunque necesarias, para personas que habían vivido sumidas en la pobreza durante, prácticamente, toda su vida.

Hoy, a pocos años de asumir el poder, en una región permanentemente convulsa como lo es América Latina, esos gobiernos y líderes que prometieron lo indecible, se encuentran en situaciones lamentables, acusados de corrupción y fraudes, además de evidenciarlos en la falta de cumplimiento de su promesa de acabar con la pobreza y la desigualdad social.

En tan solo unos meses, se han desatado una seguidilla de protestas álgidas y llenas de violencia (tanto por parte de los manifestantes como de la propia reacción estatal) que evidencia el fracaso del populismo latinoamericano. Ecuador, Perú, Chile, Haití, Argentina y, recientemente, Bolivia salieron a las calles a exigir resultados y luchar contra medidas que afectan más las economías de quienes menos tienen.

Lo que en un momento fue bonanza y apariencia de crecimiento, desarrollo y, por fin, sacar de la miseria a gran parte de la población (que en nuestra región implica el 40% de personas en estado de pobreza, de acuerdo con la CEPAL), estalló como una burbuja, sí, una de esas burbujas neoliberales, por el simple hecho de basar su bienestar en el petróleo; bienestar que se manifestó por medio de dádivas sociales con programas insostenibles en cuanto al gasto que daban la apariencia de estabilidad económica.

Si bien es cierto que en muchos de esos países los indicadores económicos no están mal (no es el caso de Venezuela o Argentina), las demandas sociales se fueron por dos vertientes.

Por un lado, la falsedad de acabar con la desigualdad; tanto así que a pesar del crecimiento económico registrado, muchos de esos países tuvieron un aumento de la pobreza, lo que provocó que esa esperanza puesta por la ciudadanía estallara en enojo bajo el argumento de que eso no fue lo prometido.

Por otro lado, las graves acusaciones de corrupción en contra de esos gobernantes y sus gabinetes, como sucedió con el Presidente de Bolivia, quien, no obstante modificó la Constitución a su antojo a fin de aparecer en 4 periodos gubernamentales seguidos, también cometió un flagrante fraude señalado en el interior y exterior de su país, aceptándolo pero acusando después un golpe de Estado que a la fecha no se advierte.

Así como ellos acusaron en su momento, esto no se trata únicamente de economía y de entregar limosnas a un pueblo que no tiene hambre de dinero sino de igualdad, honestidad y verdad; se trata de no violentar instituciones que llevan años construyéndose y que hoy, de un plumazo, se quieren atacar por los deseos unipersonales dictatoriales.

Hace varios años, un poco más de una década, en varios países de América Latina los candidatos de partidos “progresistas” o de “izquierda radical” tomaban, por la vía democrática, los gobiernos de esas naciones, bajo la consigna de acabar con el neoliberalismo, la corrupción y acabar, de una vez por todas, con las grandes brechas que hacen a la región una de las más desiguales del mundo en materia económica.

Con una sociedad más informada, enervada y urgida de soluciones ante su precaria situación, le otorgaron casi un cheque en blanco a esas nuevas propuestas que, de manera desmedida, entregaron expectativas irreales, aunque necesarias, para personas que habían vivido sumidas en la pobreza durante, prácticamente, toda su vida.

Hoy, a pocos años de asumir el poder, en una región permanentemente convulsa como lo es América Latina, esos gobiernos y líderes que prometieron lo indecible, se encuentran en situaciones lamentables, acusados de corrupción y fraudes, además de evidenciarlos en la falta de cumplimiento de su promesa de acabar con la pobreza y la desigualdad social.

En tan solo unos meses, se han desatado una seguidilla de protestas álgidas y llenas de violencia (tanto por parte de los manifestantes como de la propia reacción estatal) que evidencia el fracaso del populismo latinoamericano. Ecuador, Perú, Chile, Haití, Argentina y, recientemente, Bolivia salieron a las calles a exigir resultados y luchar contra medidas que afectan más las economías de quienes menos tienen.

Lo que en un momento fue bonanza y apariencia de crecimiento, desarrollo y, por fin, sacar de la miseria a gran parte de la población (que en nuestra región implica el 40% de personas en estado de pobreza, de acuerdo con la CEPAL), estalló como una burbuja, sí, una de esas burbujas neoliberales, por el simple hecho de basar su bienestar en el petróleo; bienestar que se manifestó por medio de dádivas sociales con programas insostenibles en cuanto al gasto que daban la apariencia de estabilidad económica.

Si bien es cierto que en muchos de esos países los indicadores económicos no están mal (no es el caso de Venezuela o Argentina), las demandas sociales se fueron por dos vertientes.

Por un lado, la falsedad de acabar con la desigualdad; tanto así que a pesar del crecimiento económico registrado, muchos de esos países tuvieron un aumento de la pobreza, lo que provocó que esa esperanza puesta por la ciudadanía estallara en enojo bajo el argumento de que eso no fue lo prometido.

Por otro lado, las graves acusaciones de corrupción en contra de esos gobernantes y sus gabinetes, como sucedió con el Presidente de Bolivia, quien, no obstante modificó la Constitución a su antojo a fin de aparecer en 4 periodos gubernamentales seguidos, también cometió un flagrante fraude señalado en el interior y exterior de su país, aceptándolo pero acusando después un golpe de Estado que a la fecha no se advierte.

Así como ellos acusaron en su momento, esto no se trata únicamente de economía y de entregar limosnas a un pueblo que no tiene hambre de dinero sino de igualdad, honestidad y verdad; se trata de no violentar instituciones que llevan años construyéndose y que hoy, de un plumazo, se quieren atacar por los deseos unipersonales dictatoriales.

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